miércoles, 18 de septiembre de 2013


Más que un capricho, cuidar el planeta es un llamamiento a la acción, una revolución verde

Más que un capricho, cuidar el planeta es un llamamiento a la acción, una revolución verde. El consumo responsable y ético frente al medioambiente puede llegar a ser un estilo de vida que no implica necesariamente tomar medidas radicales ni militar en asociaciones, basta tener conciencia ecológica y cambiar un poco nuestros hábitos. 

Para poder adecuar nuestros hábitos cotidianos a la capacidad de nuestro planeta, hay reglas muy básicas que no requieren esfuerzos extraordinarios: 



Antes que nada, bajar el consumo individual de energía eléctrica. Apagar la luz si no se necesita o, a la hora de comprar electrodomésticos, prestar atención a su capacidad de ahorrar energía. Además, eso ayuda a reducir gastos. Por ejemplo, la lámpara luminiscente consume cinco veces menos energía que la de incandescencia y, además, dura cinco veces más. 



Hoy en día, como herramienta para optimizar el uso doméstico de la energía, existen muchos sistemas de etiquetado, por ejemplo, Energy Star, de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. Cuando se enfrente a una alternativa entre dos electrodomésticos iguales, la etiqueta con el símbolo de Energy Star le ayudará a tomar una decisión ecológicamente responsable. 



El proceso de la canalización del agua, hasta que llega a nuestro hogar, requiere mucha energía. Las reglas para el ahorro del agua son simples: si tiene que lavar la vajilla, hágalo en un recipiente y no con el grifo permanentemente abierto. En la operación diaria de limpieza de dientes, utilice el vaso. 



Es importante usar la lógica, más allá del valor monetario de las cosas. Por muy barato que sea un producto de usar y tirar, siempre va a suponer un coste ambiental si solo lo vamos a utilizar una vez y luego se convertirá en basura. 



Tratar con atención el medioambiente es cuidar su salud y la salud de su familia. ¡Reflexione lo que come! La mayor parte de los productos que empleamos en la comida se cultivan con pesticidas y fertilizantes nitrogenados que destruyen el suelo. 



Los alimentos orgánicos, también denominados biológicos o ecológicos, al contrario, son más sanos, aunque algo más caros. También comprar comestibles de producción local es más económico, ya que no requieren transporte a larga distancia, que es un elemento que también provoca polución de la atmósfera. 





Elegir productos locales, de temporada si son perecederos, con el mínimo envase posible, en la cantidad que necesitemos, son algunos ejemplos sencillos que cada uno puede poner en práctica a la hora de comprar. Las ofertas, a veces, llevan a comprar alimentos que no necesitamos.

Oswaldo Castañeda Cobian: Alerta mundial: amenazados el 21% de los mamíferos...

Oswaldo Castañeda Cobian: Alerta mundial: amenazados el 21% de los mamíferos...: Alerta mundial: amenazados el 21% de los mamíferos  30% de los anfibios, 12% de las aves, 70% de las plantas y 35% de los invertebrados de...

Alerta mundial: amenazados el 21% de los mamíferos  30% de los anfibios, 12% de las aves, 70% de las plantas y 35% de los invertebrados del mundo

Vivian Collazo Montano, Juliette Morales García y Tatiana Martínez Hernández. De 47.677 especies evaluadas, 17.291 están en peligro de extinción, revela la última edición de la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN. De 5.490 tipos de mamíferos conocidos en el mundo, 79 se extinguieron y 188 están en peligro crítico. El vertiginoso aumento del número de especies en situación crítica es consecuencia de la destrucción hábitats naturales, la conversión de tierras a usos agrícolas, la urbanización, la contaminación, la propagación de especies invasoras y el cambio climático. 



Hace 250 millones de años la Tierra estaba poblada por diversas especies de plantas y animales. Una abundante vegetación, así como gran cantidad de reptiles, insectos, peces, y moluscos se desarrollaban en la superficie del planeta. Sin embargo, algo todavía no precisado hizo desaparecer casi toda señal de vida.
El 90% de los seres vivos del planeta, es decir nueve de cada 10, fueron aniquilados durante el período Pérmico-Triásico, un suceso conocido como la Gran Extinción o la Gran Mortandad, y que no debe ser confundido con la que marcó el fin de los dinosaurios, hace 65 millones de años. 



Los científicos identifican cinco grandes extinciones masivas en el historial geológico del planeta. La primera fue la del Ordovícico-Silúrico, en la transición de los períodos Ordovícico y Silúrico hace 444 millones de años, cuya causa probable fue un período glaciar. En la segunda extinción masiva del Devónico, hace 360 millones de años, desapareció el 70% de las especies existentes.
En la tercera del Pérmico-Triásico, hace 251 millones de años, la Tierra sufrió la mayor desaparición de especies de la que se tiene noticia: se extinguieron el 53% de las familias biológicas marinas, el 84% de los géneros marinos y alrededor del 70% de las especies terrestres, entre las que se encuentran plantas, insectos y vertebrados.
En la cuarta extinción masiva del Triásico-Terciario se extinguieron varios grupos de arcosaurios, de los cuales solo sobrevivieron el cocodrila, el dinosauria y el pterosauria; y en la quinta gran extinción del Cretácico-Terciario hace 65 millones de años desapareció el 75% de las especies, incluidos los dinosaurios. 



¿Qué pudo ocurrir entonces que explicara aquellas catástrofes? Las teorías han sido muchas: una intensa actividad volcánica, cambios ambientales generados por la formación de un súper continente, acidificación de los océanos, o quizás la combinación de algunas de ellas, son las más pronunciadas. 



Algunos consideran que algo venido del espacio chocó con la tierra provocando el desastre ecológico más grande del que se tenga noticias. Otros niegan la posibilidad de que un solo hecho aislado haya sido el causante de la gran extinción. Muchos creen que la vida ya se encontraba en decadencia cuando tuvo lugar el impacto; el planeta sufría una intensa actividad volcánica y enormes extensiones de tierra estaban cubiertas de lava y la atmósfera saturada de gases de efecto invernadero alteró el clima. 



Por otro lado, la geografía cambiaba, grandes placas tectónicas se movían, las corrientes oceánicas se invertían, parte del litoral quedó bajos las aguas. La realidad es que no hay respuestas concretas, lo que sí se sabe ahora es que la recuperación de la fauna y flora terrestre fue mucho más lenta de lo que se pensaba. 



Una investigación desarrollada por expertos de la Universidad de Geociencias de China y de la Universidad de Bristol de Gran Bretaña señala que el planeta demoró 10 millones de años para superar la tercera gran extinción. Es difícil imaginar cómo se puede acabar con tanta vida, pero no cabe duda de lo que nos dicen las secciones de roca estudiadas en China y en muchos otros lugares del mundo. Aquella fue la mayor crisis a la que nunca se ha enfrentado la vida en la Tierra, aseguró Zhong-Qiang Chen, uno de los investigadores. 



Por su parte, el profesor británico Michael Benton, coautor del ensayo, publicado en la revista Nature Geoscience, indicó que la vida parecía volver a la normalidad cuando otra crisis la golpeaba y la obligaba de nuevo a empezar desde el principio. La crisis del carbono se repitió varias veces, y las condiciones no volvieron a ser normales hasta muchos siglos después.
“Nosotros vemos una extinción masiva como algo completamente negativo, pero incluso en este caso tan devastador, la vida logró recuperarse después de muchos millones de años, con el surgimiento de nuevas criaturas. El evento de extinción puso a cero el contador de la evolución. Las causas de la catástrofe, calentamiento global, lluvia ácida, acidificación oceánica…, nos suenan extrañamente familiares en la actualidad. Quizá deberíamos aprender algo de estos antiguos episodios”, resaltó el científico. 



¿Ocurrirá una sexta extinción masiva? 



La extinción es un fenómeno natural, tarde o temprano una especie o taxón (grupo emparentado) desaparecerá como consecuencia de la evolución. Una especie se considera extinguida cuando muere el último ejemplar, cuando el número de animales es tan reducido que son incapaces de reproducirse, o cuando no pueden sobrevivir en condiciones cambiantes y frente a los competidores.
A lo largo de su historia geológica el mundo ha sufrido cinco grandes crisis cuyas causas fueron naturales, pero la pérdida acelerada de especies en la actualidad, que puede conducir a la desaparición de las tres cuartas partes de los animales del Planeta en pocos siglos, será responsabilidad humana por la caza furtiva, la destrucción de hábitats, contaminación, sobreexplotación de los recursos, efectos del cambio climático y la diseminación de especies invasoras. 

A partir del estrés en que se encuentran algunas poblaciones de animales, investigadores de la Universidad de California, en Berkeley, estiman que el mundo podría sufrir una sexta extinción masiva de especies entre tres y 22 siglos. Sus conclusiones -difundidas en la revista científica Nature- se basan en el estudio del estado actual de los mamíferos, escogidos como indicador porque se encuentran mejor documentados en fósiles.
Cálculos realizados por el equipo de científicos estadounidenses revelan que durante los últimos cinco siglos, de las 5.570 especies registradas de estos vertebrados, 80 se extinguieron. Con las cinco grandes crisis previas ocurridas en los últimos 540 millones de años, hasta el 75% de las especies desaparecieron de la faz de la Tierra en plazos de miles y hasta millones de años. 



En comparación, la magnitud de lo que sucede ahora es muy pequeña, pero por su celeridad constituye una alerta. Antes, dos especies de vertebrados desaparecían cada millón de años, pero en estos momentos, una deja de existir cada seis años, muestra de que este proceso marcha rápido, aunque aún no sea irreversible. 

Hasta el momento, solo se han perdido el 1 o 2% de las especies de los grupos que se han examinado claramente, apenas unas pocas ramas del enorme árbol de la vida, subrayó Anthony D. Barnosky, profesor de biología en Berkeley y curador del Museo Universitario de Paleontología, además de paleontólogo investigador del Museo Universitario de Zoología Vertebrada.
Aunque en este estudio los mamíferos sirvieron como termómetro, resulta necesario ahondar en el análisis de otros animales para medir aún mejor el riesgo de desaparición que existe, aclararon los investigadores. “Si nos fijamos sólo en los mamíferos en peligro de extinción crítico, y asumimos que a aquellos con un 50% de posibilidades de extinguirse en las próximas tres generaciones se les acabará el plazo y que estarán extinguidos en mil años, podemos concluir que nos acercamos a una desaparición en masa”, según Barnosky. 



En caso de que las especies amenazadas dejaran de existir -precisó- y se mantuviera el mismo ritmo de declive, entonces la sexta gran pérdida masiva de especies podría ocurrir en un plazo de entre tres y 22 siglos.
Lo que está sucediendo es un llamado de atención a lo que podría ocurrir de forma masiva en el futuro. Aunque aún “la magnitud sea pequeña comparada con las extinciones masivas más grandes, y aunque las cifras documentadas de animales extinguidos sean pequeñas, la realidad es que son más altas que en la mayoría de las extinciones masivas anteriores”, alertó Charles Marshall, coautor del estudio. 



Animales del mundo: Del peligro a la extinción 



Es posible que no pase mucho tiempo entre la declaración de una especie animal en peligro de extinción y su total desaparición de la faz de la Tierra. Como resultado del proceso natural de evolución de las especies, muchas de ellas perecieron en un lapso de mil a millones de años, debido a la selección natural, la supervivencia y la inadaptación a las nuevas condiciones climáticas durante la formación del universo. 



En la actualidad no hay que esperar ese tiempo para asistir al exterminio de miles de habitantes de la fauna silvestre sin que hayan agotado su proceso natural de evolución, en parte por el cambio climático, pero más por la acción incontrolada del hombre contra los especímenes inferiores. El vertiginoso aumento de especies clasificadas como en peligro crítico de extinción se debe a numerosas causas que incluyen la destrucción de su hábitat, la conversión de tierras a usos agrícolas y a la urbanización, la contaminación, el comercio ilícito de fauna y flora silvestres, la propagación de especies invasoras, y el cambio climático.
El calentamiento global provoca el deshielo en los polos y para el verano de 2020 será navegable el océano Glacial Ártico, según pronósticos, lo cual eliminaría el hábitat de peces y mamíferos, como el oso polar. Hay especies que sucumbirán inadaptadas a los efectos del cambio climático, cumpliéndose la teoría darwiniana, aunque otras han sido ya eliminadas por la mano de un gran depredador: el hombre. 



Enfrentamos una crisis de extinción y “no olvidemos que la extinción es irreversible”, advierte Jane Smart, directora del Grupo de Conservación de la Biodiversidad de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). 



En la última década sucumbió el delfín Baiji del río Yangtsé en China, primer mamífero marino que desapareció desde los años ‘50; el cuervo de Hawai o Alalá y el pájaro Po’ouli de la isla de Maui, en el mismo archipiélago. También la cabra de los Pirineos o bucardo, el rinoceronte negro occidental, la rana dorada panameña, el caracol de franjas del atolón de Aldabra, la sanguijuela terrestre europea, y el olivo de Santa Helena.
Según la última edición actualizada por la UICN de la Lista Roja de Especies Amenazadas, de las 47.677 evaluadas, 17.291 están en peligro de extinción. Los datos indican que el 21% de los mamíferos conocidos, el 30% de los anfibios, el 12% de las aves, el 28% de los reptiles, el 37% de los peces de agua dulce, el 70% de las plantas y el 35% de los invertebrados evaluados están amenazados. 



A los anfibios les toca la célebre categoría de grupo de especies más amenazadas del planeta, junto a los peces de agua dulce. Según las investigaciones de la UICN, de 6.285 ranas, sapos y salamandras existentes, 1.895 están en peligro de extinción. De ellos, 39 ya figuran en las categorías de extinto o extinto en estado silvestre, como el sapo del aerosol de las cataratas de Kihansi, en Tanzania. En peligro crítico hay 484, entre los cuales se encuentran la Atelopus patazensis, una especie de rana arlequín del Perú; 754 están en peligro y 657 son vulnerables.
De los 5.490 tipos de mamíferos del mundo, 79 están clasificados como extintos o extintos en estado silvestre, en tanto que 188 están en peligro crítico, 449 en peligro y 505 son vulnerables. Entre las 10 especies más amenazadas figuran el Tigre de Asia, el Oso Polar, el Pingüino de Magallanes, el Panda Gigante, la Morsa del Pacífico, la Tortuga Laúd, el Gorila de Montaña, la Mariposa Monarca, el Rinoceronte de Java y el Atún Rojo.
Otro mamífero considerado en riesgo es el voalavo oriental, un roedor endémico de Madagascar y confinado en el bosque tropical montañoso de la cuarta isla mayor del mundo. Vive en la selva y esta decrece por la tala indiscriminada de árboles para la industria maderera y por la quema de bosques para cultivar la tierra, en gran parte vendida a compañías foráneas que compiten por recolonizar el continente africano. 



El tigre habita en solo el 7% del territorio que ocupaba originalmente, y, si continúa la caza indiscriminada y la tala de árboles, pasará a la historia de los extinguidos, al igual que sus semejantes de Java y Bali. Su hábitat se reduce debido también a la subida del nivel del mar provocado por el cambio climático, en especial por su efecto en los manglares de la India y Bangladesh. 



Utilizar la piel de los animales cazados para cobijarse del frío fue una necesidad de supervivencia para los primeros hombres en el planeta; sin embargo, hoy la cubierta de especies que aún subsisten se exhibe en salones como piezas exóticas. La piel del tigre es altamente cotizada en el mercado y también es demandada para la cura de enfermedades en la medicina tradicional china. 

El tráfico ilegal de especies supera la decena de miles de millones de dólares al año, y sólo el contrabando de armas y el narcotráfico generan cantidades superiores. Según el tratado mundial regulador del comercio de especies, que protege a las que están en peligro de extinción, la población de elefantes africanos se redujo de 1,3 millones de ejemplares a poco más de 600 mil durante la década de los ochentas, y los expertos calculan que en 10 años podría sucumbir del todo. El sacrificio de paquidermos se debe al tráfico ilegal del marfil de sus largos y pesados colmillos, utilizados para fabricar objetos artesanales o decorativos, pese a que ese comercio se prohibió internacionalmente en 1990. 



Por otro lado, en las primeras décadas de este siglo podría desaparecer totalmente el Gorila de Montaña, pues quedaban unos 600 ejemplares en los montes húmedos del continente africano, según estudios de 2009 realizados por la UICN. Habitan en bosques de gran altitud de África Central, en las fronteras entre la República Democrática del Congo, el Noroeste de Ruanda y el Suroeste de Uganda. Con el aumento de la población humana en la zona y la deforestación, se destruyó el 85% del llamado Bosque Africano de los Grandes Simios, que abarcaba desde Senegal hasta Uganda por toda la franja del Ecuador.
A los gorilas les seguirán los rinocerontes negros. Según la clasificación del estado de conservación confeccionada por la UICN, las especies de rinoceronte negro se encuentran en “peligro crítico” y la del blanco se considera “vulnerable”. Desde la década del 70 hasta la fecha perecieron 63 mil ejemplares del negro y, según exploraciones científicas, quedan alrededor de dos mil. Solo en Zimbabue, cazadores furtivos mataron en los últimos tres años a más de 200 ejemplares, la cuarta parte de los que habitaban en la nación africana. El país cuenta aún con 500 rinocerontes negros y 300 blancos, cuyos cuernos alcanzan gran valor en el mercado para la fabricación de armas blancas o para la medicina tradicional en gran parte de Asia.
Según un reciente informe de la organización WWF (Fondo Mundial para la Naturaleza), la Global Footprint Network (Huella Ecológica) y la Sociedad Zoológica de Londres (ZSL en inglés) titulado Planeta Vivo, desde 1979 declinó el 30% de 2.600 especies analizadas en 9.014 poblaciones alrededor del mundo, el mayor número nunca antes censado. 

El informe revela que las especies tropicales muestran un descenso de más del 60%, mientras que en las regiones templadas se ha producido una recuperación promedio de alrededor del 30%. Las especies más afectadas son aquellas que habitan en ríos y lagos tropicales, cuyo número ha disminuido en un 70% desde 1970. 





Al comprar esta situación con un mercado de valores, el director del Instituto de Zoología del ZSL Tim Blackburn aseguró que la Bolsa de Valores de Londres “entraría en pánico si mostrara un declive de este tipo. La Naturaleza es más importante que el dinero. La humanidad puede vivir sin dinero, pero no puede vivir sin la Naturaleza y los servicios que ella ofrece”.
De ahí que una de las propuestas de los partidarios del capitalismo verde para Río+20 es que los gobiernos elaboren y utilicen indicadores económicos para valorizar el “capital natural”.


El consumo responsable: Nuestra responsabilidad

El desgaste de la Tierra. En el 2012, en la página de la NASA se encontraba la siguiente foto.





La comparación posterior fue hecha en diferentes sitios web para evidenciar el desgaste que ha habido sobre la tierra desde 1978. 



Lo que consumimos se pierde, el filósofo Esloveno Slavoj Zizek apunta “que estamos en el límite, y lo sabemos… pero secretamente, no creemos que todo se vaya a caer en pedazos”. Vemos la basura en nuestra casa, pero al sacarla a la calle desaparece de nuestra realidad. Compramos y pedimos bolsas, consumimos incluso productos a medias, cosas que no necesitamos y todas se van. El hecho de que no estemos frente a esa realidad nos hace vivir en una realidad acotada, <> que para efectos prácticos ES la realidad. Pero paseamos por las afueras de la ciudad y ahí está nuestra historia de vida, nuestro ser, lo que hemos consumido. Un documental de Natgeo llamado “La huella ecológica del hombre” (Natgeo, 2011) iniciaba con la siguiente reflexión: ”Imagina poder ver apilada frente a ti todas las cosas que usarás en tu vida (…) por primera vez podrás ver toda tu vida frente de tí”. Pocas veces nos ponemos a reflexionar sobre ello, el primer dato es ya sorprendente, “el plástico de los pañales que evita el goteo puede tardar hasta 500 años en descomponerse, esa es la razón por la que a los dos años, los niños del mundo ya desarrollado son responsables por las emisiones de carbono que una persona genera en Tanzania en toda su vida” (NatGeo, 2011). 



No es de sorprender entonces que uno de los ejes principales para concienciar a las personas sea la información, enfrentarlos con la realidad de allá afuera. Pero ella tiene también su propia estructura de estructuras, se han construido diversas reflexiones alrededor de la administración de ese consumo, que es última instancia la importancia de pensar el consumo. 



Lejos estamos de realizar un consenso en todas las posturas, pero eso no nos impide ver los focos rojos. La acidez del océano, deforestación y calentamiento global aparecen como temas innovadoramente alarmantes.
Pensar en el consumo es pensar en formas de vida, pero también en formas de concebir el mundo y en formas de concebir a la naturaleza, cada una con su propia racionalización y sus propios mecanismos de acción ante las diferentes problemáticas. 



A continuación, más que dar una respuesta (aunque intentaré esbozar mi concepción de <> al final), me interesa problematizar la idea del consumo y la responsabilidad. Consumir menos también significa producir menos y con ello, vivir menos (menos hombres y menos años), aquí mi supuesto principal. Ante este hecho, ¿por qué nos interesa administrar los recursos? ¿Por qué nos interesa consumir? ¿Qué es ser responsable? ¿Qué implica consumir? ¿Orgánico o totalmente inorgánico?. 



La fragmentación del mundo: El hombre y su roll en la tierra desde la ecología. 



Los altos niveles de consumo de algunos países (principalmente del norte y orientales) requieren de la extracción de grandes recursos del planeta. A la par del desarrollo tecnológico y del aumento en el nivel de vida, nos encontramos a esta fecha en el tiempo con diversos problemas socio-ambientales como pobreza y calentamiento global entre otros. 



De manera histórica, la reflexión filosófica (en la tradición occidental) ha presentado a la tierra como una construcción no sólo a la que el hombre estaba arrojado, sino que además estaba ahí para transformarla. La cristiandad postuló que Dios le había dado a la humanidad dominio sobre la tierra, adoptando la idea estoica de que la naturaleza había sido creada para fin nuestro (Bowler, 1998), sin embargo, esta visión como muchas del medioevo y hasta 1900 venían acompañadas de una visión ontológica de la tierra, es decir, aunque la tierra había sido proveída por Dios, la tierra era un solo espacio interrelacionado donde se llevaban a cabo numerosas interacciones. A principios del siglo XX en los años 30 tanto en la ecología animal como en la vegetal existían marcadas diferencias que daban cuenta de la complejidad de las relaciones que se daban entre los seres vivos. 



En 1930 el ecólogo animal Charles Elton en “Animal Ecology and Evolution” (Bowler, 1998, pág. 389) decía:
El “eqbulibrio de la naturaleza” no existe, y quizá no haya existido nunca. Las poblaciones de animales salvajes están variando constantemente en mayor o menor grado, y por lo común las variaciones son irregulares en cuanto a su amplitud. Cada variación de las poblaciones de una especie causa repercusiones directas e indirectas en las poblaciones de las demás, y como muchas de estas últimas están variando independientemente, es notable la confusión resultante. 



El ecólogo vegetal A. G. Tansley en su artículo: “The use and the Abuse of vegetational Conceptos and Terms” de 1935 (Bowler, 1998, pág. 372) también se encontraba en la misma línea pero en el sentido ético que estaba en pugna por entonces y la alusión al “hombre amigable con la naturaleza ancestral”: 

Es obvio que el hombre civilizado moderno altera en enorme escala los “ecosistemas naturales” o “comunidades bióticas”. Pero sería difícil, por no decir imposible, trazar una frontera natural entre las actividades de las tribus humanas que presumiblemente encajaban en las comunidades bióticas y formaban parte de ellas y las actividades humanas destructivas del mundo moderno. ¿Es el hombre parte de la naturaleza o no? […] Considerada factor biótico excepcionalmente poderoso que altera de modo creciente el equilibrio de los ecosistemas prexistentes y finalmente los destruye, formando otros de índole muy diferente al mismo tiempo, la actividad humana encuentra su lugar propio en la ecología. 



Por esos años, la disputa no solo se quedaba en el terreno científico, sino que estaba empezando a tener un fuerte impacto político. Para los años 50´s ya eran visibles los efectos perjudiciales del DDT, por lo que un grupo de científicos de California recurrió al modelo teórico del “equilibrio de la naturaleza” para argumentar que se debían reintroducir los procedimientos biológicos (Bowler, 1998, pág. 373). Pero el Departamento de Agricultura de Canadá rechazó la propuesta argumentando que en el ámbito artificial de un monocultivo era inevitable el crecimiento explosivo de las poblaciones de las plagas de insectos y que tenía que controlarse por medio de productos químicos (Bowler, 1998, pág. 373). 



Aunque esta visión ha ido cambiando en el sentido contrario con los años, no estamos mucho mejor que entonces. La rama de la ecología tiene serias dudas sobre cómo debería de verse la naturaleza, la ontologización de James Lovelock en su libro “Gaia: a New look at Life on earth (1987)” fue recibida con marcardo escepticismo en el ámbito académico, en el prefacio de Gaia se expresaba de esta manera: 



Tenía la débil esperanza de que Gaia fuera denunciada desde el púlpito. En lugar de eso me pidieron que pronunciara un sermón sobre Gaia en la catedral de San Juan el Divino en Nueva York. En cambio Gaia fue condenada, como si fuera una idea teleológica, por mis colegas, y las revistas Nature y Science no publicarían artículos sobre el tema. No se dieron razones satisfactorias para el rechazo, fue como si el stablishment teológico de la época de Galileo, no tolerara nociones radicales o excéntricas. 



Pero su lección no fue dejada de lado. El punto de atención estaba claro en el trabajo de Lovelock, si la tierra era un superorganismo con carácter maternal que se autorregulaba, era evidente que la intromisión del ser humano estaba causando estragos. 



Por otro lado, la ciencia paradójicamente se ha comprometido cada vez más firmemente con un modelo de la naturaleza basado en la lucha individual, la filosofía de que el diablo se lleva al que se queda rezagado, que poco apoyo ofrece para relaciones interespecies armoniosas y apoya abiertamente la competencia como mecanismo de progreso dentro de las especies. Ésa es al menos la opinión de los críticos del darwinismo triunfante (Bowler, 1998, pág. 401). 



La visión de la ecología en todo caso está de acuerdo con la administración científica de los recursos de la tierra, sea interviniendo directamente con la extracción de recursos negándola, regulándola, o permitiéndola; todo bajo supuestos teóricos que justifican cualquier posición. 



Responsabilidad y consumo. 



Los ecólogos están lejos te llegar al consenso, pero sus debates han impactado de forma profunda a la sociedad en los últimos 30 años, con la llegada del ecologismo se plantea una visión catastrofista (donde caería la visión de Lovelock) no sin fundamentos por los que es un eje continuo de discusión. Algunas posiciones sobre “de dónde proviene el mayor problema” y “por dónde atacarlo” son más aceptadas que otras, por ejemplo, hay numerosos detractores del calentamiento global, pero la deforestación es un hecho aquí y en China. Con respecto a la imagen que se encuentra al principio de “El desgaste de la tierra” la ONU calcula que: 



El mundo ha perdido 10 hectáreas de selva por minuto durante un periodo de 15 años y las selvas sólo cubren el 30.3% de la superficie terrestre. A pesar de los intentos de algunos países, como Canadá, por preservar su territorio verde, en los últimos 34 años se ha demostrado la pérdida del recurso forestal, por lo menos, en Norteamérica. 



El mismo estudio indica que México se encuentra dentro de los países con una alta desatención en ese sentido, presenta la peor sequía en 71 años y ha perdido 64 mil hectáreas de bosque en la última década. 



El problema del consumo es pues, un problema de responsabilidad, los utilitaristas del acto como John Stuar Mill (1806-1873) pensaban de manera inmediata las cosas, si compro esta manzana en el mercado, ¿a quién estoy beneficiando? En primera instancia a mí porque tengo la necesidad de la manzana, pero ¿hasta donde llega la ética de tal visión? Un utilitarista del acto consideraría que también se está viendo beneficiado el productor de tal manzana en las condiciones en las que esté, puesto que para el utilitarista del acto, puede (y de hecho es) ser la única manera de vivir del productor puesto que tiene esa manzana en la mano, pero aún si supiera que viene de un lugar donde el agricultor es explotado la seguiría comprando, pues la suposición se mantendría, el agricultor hace eso, porque esa es su única forma de vivir, es eso o la muerte. Sin embargo, una ética kantiana se preocuparía por las consecuencias universales de todo ello, ¿a qué estoy contribuyendo si compro esta manzana? Si el comprador kantiano posee la información de que esa manzana viene de la India y es producida por agricultores que son explotados por sus patrones, indudablemente no la compraría, pues la explotación no es un fenómeno que se deba generalizar. 



Zygmunt Bauman (1925 – —- ) es un Sociólogo, filósofo y ensayista polaco quien se interesó en el estudio de estratificación social y en los movimientos obreros y recientemente se enfoca en la naturaleza de la modernidad. En “Trabajo consumismo y nuevos pobres” Bauman se pregunta por la relación que existe entre trabajo y consumo así como las nuevas formas en las que existe la pobreza.
Si retomamos a una de las ideas más célebres de Marx y que se relacionan también con el fenómeno del trabajo es que toda producción, es inmediatamente consumo. Se sigue también en Bauman que todo consumo es destrucción (Bauman, 1998, pág. 43). 



La sociedad del consumo ¿Por qué consumimos? 



De nada sorprende por ejemplo que aún con herramientas tan útiles que nos permiten acceder al conocimiento y recientemente organizar revoluciones como lo son la bases de datos de “Nube” como las de Google o Amazon estén en la mira de Greenpeace por energizar sus procesadores con Carbón y un sistema de enfriado con agua que la gasta a cantidades sorprendentes aunque es hasta hoy, la forma más energéticamente eficiente de almacenar la información del mundo (Fabiola, 2012). 



Cuando en nuestras fábricas creamos un nuevo bien, va a parar en nuestras casas, en nuestros cuerpos o en los basureros. Bauman explica que la sociedad hasta mediados del siglo XX tenía ciertos valores que implicaban continuidad laboral, que el trabajo aparecía como herramienta principal para encarar el propio destino, la identificación social se daba en el esfuerzo del trabajo, la base de la identidad se encontraba en el trabajo (Bauman, 1998, pág. 49). Por otro lado, le ética del trabajo se ha sustuido por una estética del consumo, clama Bauman, lejos de ser productores, nos hemos convertido en insaseables consumidores. La idea en sí tiene muchos problemas. Es verdad que consumimos y que el consumo es parte del problema. Pero no lo es tanto como la sobrepoblación. Satisfacer nuestras necesidades siempre ha estado en el centro de nuestra existencia, sea viendo el mundo como un organismo vivo, o no. 

La huella ecológica 

La huella ecológica es un indicador del impacto ambiental generado por la demanda humana que se hace de los recursos existentes en los ecosistemas del planeta relacionándola con la capacidad ecológica de la Tierra de regenerar sus recursos. Representa el área de tierra o agua ecológicamente productivos (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) (e idealmente también el volumen de aire), necesarios para generar los recursos necesarios y además para asimilar los residuos producidos por cada población determinada de acuerdo a su modo de vida, de forma indefinida. 



En el documental de Natgeo “La huella ecológica del hombre” podemos darnos cuenta de lo complicado que es encontrar indicadores exactos para poder dar cuenta de la magnitud del fenómeno, sin embargo, hay esfuerzos por hacerlo: 

“En la actualidad los seres humanos estamos consumiendo el 120% de lo que produce el planeta. Lo cual es insostenible. Concretamente, la huella ecológica superó la capacidad de generación de recursos del planeta en los años 80.” (Martínez, 2008) 

El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) acaba de elaborar un ranking con las huellas ecológicas de todos los países del mundo. 



El ranking de 141 naciones publicado por Reader Digest establece que la clasificación de los países más ecológicos del planeta, que están a la vez preocupados por su medio ambiente y por el bienestar de su población, está encabezado por Finlandia, Islandia y Noruega. En cuanto a las 72 grandes ciudades donde es más agradable vivir, la clasificación está liderada por Estocolmo y Oslo, por delante de Munich y París. 



Los retos del consumo responsable: La vida está de por medio. 



Con las catástrofes a la vuelta de la esquina observamos cada vez más ideas relacionadas con Maltus; Lovelock por ejemplo proponía reducir la población a 500 millones con fuertes controles de natalidad (Ballesteros, 1995, pág. 26). Por otro lado, cada vez es más común ver a la gente tornarse “verde”. Incluso Starbucks ahora vende cafés con una causa responsable, no solo ayudas, por una módica cantidad a erradicar la pobreza, sino también ayudas a plantar árboles (Herrera, 2009). 



Sin embargo, lo verde no siempre es lo mejor, estudios recientes publicados en la revista Science, presentan resultados que habíamos dejado de tomar en cuenta dando por hecho que después del DDT, todo los insecticidas eran iguales. Por un lado, el avance en los insecticidas no solo permiten mantener los nutrientes sin efectos secundarios para el que los ingiere, sino también demuestran contaminar menos que algunos productos orgánicos: 

“Un nuevo estudio de la Sociedad de las Industrias químicas en el Journal of the Science of Food and Agriculture muestra que no hay evidencia que soporte el argumento de que la comida orgánica es mejor que la que ha crecido con el uso de pesticidas y químicos” (SCI, 2008). 
En el estudio, después de alimentar a animales con tres formas de cultivo distintos no mostraron diferencias sistemáticas en cuanto a los métodos de cultivación en los trazos de elementos que dejaban (SCI, 2008). El Dr. Alan Baylis agrega que “las modernas protecciones del cultivo químico para controlar hierbas, pestes y enfermedades son puestos a prueba intensivamente y son fuertemente regulados” (SCI, 2008). 

En 2009 encontramos un estudio donde la pregunta se sostiene, ¿están los productos orgánicos sobrevaluados? En este artículo podemos encontrar otros beneficios que no tienen que ver con el contenido nutricional, sino que “comprar productos orgánicos es más amigable con el ambiente, y en algunos casos, más fresco, pero realmente responde a una preferencia personal y a la cartera” (Organic, 2009). 

Otro de los beneficios que se pueden encontrar en algunos cultivos orgánicos de Soya y Maíz, es que son más productivos (AGSTAT, 2008). Sin embargo, aunque pueden tener algunos beneficios, algunas veces pueden ser dañinos para el ambiente (Alberta, 2007). Las diferencias estiban en el lugar de procedencia de los alimentos. A más distancia, más emisiones de CO2 son liberadas para tener nuestro alimento en la mesa.
En cuanto al problema de las emisiones de Carbono tenemos algunas alternativas que prometen. El día de hoy ya se puede adquirir celdas solares por Mercado libre a un costo todavía un tanto alto. 

Conclusión. 



De cualquier modo, la perspectiva ambiental del desarrollo replantea las formas de incorporación de la población a la vida económica y política, mediante la distribución del poder y la riqueza, la propiedad de la tierra y los medios de producción, el acceso y apropiación de los recursos naturales (Leff, 2001, pág. 393). 



De manera personal, creo que cruzamos la línea hace mucho tiempo, el derretimiento de los polos es un hecho. Existen razones para pensar que la única manera de “salvarnos” es volviéndonos más artificiales. Las celdas solares son un ejemplo de que se puede bajar el consumo a través de la tecnología, y las soluciones basadas en una apuesta a la “racionalidad” del hombre por medio de la educación me parecen distantes. Por de más, los esfuerzos están en una asociación internacional como la ONU que a pesar de sus endebles esfuerzos, pone el dedo en la llaga sobre el problema. La solución requiere un esfuerzo conjunto de las naciones, y no hay otro medio mayor que la critica y la movilización social para poder ser escuchados. 

El capital necesario para llevar a cabo tales proyectos es mayúsculo, y los retos suponen entre otras, la concienciación tanto de gobiernos como empresarios. Que no hay que olvidar, también están inmersos en lucha por la supervivencia y la adaptación. El panorama es oscuro, pero para acabar con una cita, “El futuro será utópico o no habrá futuro” (zizek, 2011), esa es la magnitud del problema que creo que enfrentamos hoy, sea este futuro un mundo lleno de polución, o un mundo tecnológicamente superior a toda sociedad antes conocida. “Seamos realistas y demandemos lo imposible” (zizek, 2011).